Hay una especie de euforia en la fiebre. En la agonía estaba ganando la copa mundial del ochenta y seis. Era Maradona y saltaba con la camiseta transpirada, quería también desaparecer. Estoy a favor de la eutanasia cuando tengo gripe.
Me dormí mirando la televisión, sin fuerzas para apagarla, estaba sordo por la congestión. La euforia seguía intacta, tengo que agarrarme los pies y bajarme de un sacudón a la cama. Las luces me encandilaban en medio de una oscuridad cada vez mas profunda y tenía ganas de decir estas palabras.
Me dormí mirando la televisión, sin fuerzas para apagarla, estaba sordo por la congestión. La euforia seguía intacta, tengo que agarrarme los pies y bajarme de un sacudón a la cama. Las luces me encandilaban en medio de una oscuridad cada vez mas profunda y tenía ganas de decir estas palabras.
Estaba sordo, dije, y quería gritar para que me escuches, sin llegar a entender si había una contradicción en esas palabras, una especie de relato fantástico, de naves espaciales, de robots humanoides, de hadas asesinas. Y mi fiebre se enroscaba en recuerdos.
Era yo en el fin del mundo, transpirando y queriendo besarte, levantar la copa o quizás tu mano. Era yo metido en un cuento fantástico de ratones que hablan, de boas gigantes, de hombres buenos, de amores indoloros.
Los dolores no practican ningún credo, tal vez por el pecado de desearte debiera ir al infierno en todas las religiones, quizás ahí estoy, o es la fiebre.
No entiendo si mi cama es un mar de treinta y nueve grados o la punta de tu lengua. Yo pequeño, vos gigante, rodaba en tu saliva, vos eras Dios, yo apenas un relato paralelo en otra parte. No hay peor lugar que nuestro cuerpo en un día de fiebre. Siento que sumo a mi anatomía siglos de soledad.
Era yo en el fin del mundo, transpirando y queriendo besarte, levantar la copa o quizás tu mano. Era yo metido en un cuento fantástico de ratones que hablan, de boas gigantes, de hombres buenos, de amores indoloros.
Los dolores no practican ningún credo, tal vez por el pecado de desearte debiera ir al infierno en todas las religiones, quizás ahí estoy, o es la fiebre.
No entiendo si mi cama es un mar de treinta y nueve grados o la punta de tu lengua. Yo pequeño, vos gigante, rodaba en tu saliva, vos eras Dios, yo apenas un relato paralelo en otra parte. No hay peor lugar que nuestro cuerpo en un día de fiebre. Siento que sumo a mi anatomía siglos de soledad.
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