24/04/11

Sacrificios

Una explosión ilumina el cielo y nadie se asusta, ya están acostumbrados. Ese día, esa noche, ya todos saben lo que va a pasar, porque lo que va a pasar es también lo que pasó. Hay un mapa trazado año tras año, nada los sorprende porque caminan embocando sus pies en las huellas que antes ellos mismos dejaron.

El ritual empieza a la hora pactada, pero nunca se sabe cuando acaba, nadie maneja la voluntad del último caprichoso que va a poner su pie fuera del círculo invisible que rodea el altar.

Y empiezan a llegar, y lo de siempre, las sonrisas cómplices o falsas, el saludo que roza la obligación compulsiva y el abrazo débil como pluma, como mierda flotando en el agua, como nada. Las miradas se cruzan y se chocan por segundos para luego fugarse eternamente; desde afuera nunca nadie podrá saber si es la culpa lo que las hace esquivas o la mera vergüenza de pertenecer a la tribu incorrecta.

Todos vienen perfectamente preparados, sus mejores vestiduras celestialmente limpias y planchadas. ¿Acaso alguien sabe lo que traen en esos bolsos? Claro que sí, en determinada etapa del año, todos sabemos lo que va a ocurrir, es un mandato, una obligación o si no el mundo se detiene, deja de llover o diluvia, el sol se apaga y la tierra se transforma en sal y a la mierda todo lo que está vivo. Repito, es una obligación y nadie se cuestiona nada, es así de simple, obediencia debida.

Es hora de los excesos, no hay otro modo de llevar acciones tan aberrantes adelante, entonces beben, se inyectan, muerden, mastican, degluten, para perderse y al mismo tiempo interconectarse; para soportar cuando miran a los ojos a sus víctimas frente al altar. Nadie dice palabra alguna en contra de estos sacrificios que nos remontan a nuestros antepasados bien pasados, Incas, Mayas, Aztecas. Este es el siglo veintiuno, pero no importa, en ocasiones y en días como hoy los sacrificios humanos están a la orden del día, entre pólvora y brasas se puede sentir el olor de la sangre cuando se mezcla con el fuego.

Debo confesarlo por si acaso aún no se dieron cuenta: yo fui parte. Que Dios y la patria me lo demande, pero no usted: vil ser humano mitad lóbulo frontal desarrollado y mitad cerdo erguido. ¡No usted! porque lo veo en sus ojos, porque también lo vi disfrutando de la ceremonia, lo vi obligando a sus hijos a asistir puntualmente al banquete, lo vi desatando una carcajada asquerosa con gusto a vino tinto mientras se acribillaban almas que silenciosas se dejaban estar para morir placidamente.

Y esa otra muerte es la peor de todas, y usted señor fue cómplice una y mil veces, así que guárdese la opinión donde mejor le parezca y déjeme terminar.

No va a faltar, nunca va a faltar la loca despeinada que sorprenda a los mas distraídos con un anuncio falso y todos se conmueven y miran sus relojes ¿ya es hora? Y se doblegan como un arbusto triste ante un viento norte porque el anuncio es una mentira para ablandar los cuerpos, y aún no es la hora y tienen en las lenguas afiladas ese abismo de espera que no los deja tranquilos; están precipitados a la catástrofe, esperan lo inevitable con risas en su boca, feroces bestias increíbles.

Y el momento se acerca, ¡pobre de ti!, segundo a segundo tus venas se llenan de eso que no sabes que es, el aire se tensa y eso afecta a todos y a nadie. Es inevitable, debe ocurrir porque debe ocurrir y eso es lo más trágico.

Ya es media noche y todos alzan sus copas ¡Feliz navidad! Y siento los bigotes sudados de mi tía que al mismo tiempo raspa mi mejilla y me dice felicidades.